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La bandera alemana ondea en la Casa Winter

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DSCF3793 (2)Cofete, en Fuerteventura, ofrece uno de los paisajes de costa más impactantes de Europa.

Miguel Ormaetxea
Era Sábado Santo de 2016 cuando por fin llegamos a Cofete. En un pasado viaje a las isla canaria me perdí en las pistas de tierra, cerca de 20 kilómetros, que conducen al desolado paraje, declarado Parque Natural protegido. Ahora está todo mejor señalizado, fue fácil llegar a la casa del alemán, la maltrecha Casa Winter, cerrada a cal y canto, pero en cuya terraza ondeaba la bandera alemana, junto a otras. El paisaje casi lunar batido por el viento, el mar centelleante e inmenso, la enorme playa de arena, las colinas fantasmales de fondo, la torre observatorio desconchada, las cruces de madera sin nombres…todo alimenta la leyenda de espías y submarinos nazis. Pero, !Ay! unos asentamientos cercanos a la playa, con chiringuito y el martilleo de sus grupos electrógenos, nos devuelven a la cruda realidad de intolerables abusos que con demasiada frecuencia han machacado los paisajes únicos de estas islas afortunadas.

¿Cómo sería Fuerteventura en 1924, cuando destierran allí a Unamuno, con la intención de mandarlo al último rincón de España, donde no tuvieran eco sus invectivas contra el dictador Primo de Rivera? Debía haber muchas más cabras que habitantes en esta isla de cien kilómetros de largo, desgajada del cercano desierto del Sáhara. Ahora tiene unos 100.000 habitantes, la mayor parte nacidos fuera de la isla y venidos al auge del turismo, casi un monocultivo en la isla, que dispone de más de 70 playas, algunas de extraordinaria belleza. Al norte, españoles e ingleses. Al sur, casi un trozo de Alemania. Cuando llegamos al hotel a registrarnos, la alemana que nos atendió lanzó un “!Albricias, al fin puedo hablar algo de español!”.

Los alemanes al parecer han sentido especial predilección por este desolado horizonte de mar , arena y viento. Y un clima absolutamente privilegiado. El ingeniero Gustav Winter había nacido en la Selva Negra y compra en 1937 unas extensas tierras en el sur de Fuerteventura, en la inhóspita y casi totalmente deshabitada península de Jandía. El historiador canario Sosa Machín menciona la utilización de presos franquistas para construir el largo camino de tierra, que serpentea, sube y baja bastantes kilómetros para permitir la construcción de una gran villa en un paraje disparatado, al pié de una montaña árida, mirando a una enorme playa de barlovento, batida por el viento y las corrientes, lo que la hace muy peligrosa para el baño. Y para los submarinos que quisieran fondear, dice Machín, que aclara que hay bien documentados cuatro U-Boat nazis operando en las islas, pero ninguno en Cofete. Winter nunca llegó a vivir en la Casa Winter, pero construyó un largo muro que aislaba aún más sus propiedades del resto de la isla. Y un pequeño aeródromo. Todo parece un tanto demencial.

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Antes de llegar a la casa, tras muchas curvas, llegas al mirador de Cofete, y contemplas, defendiéndote del viento, un paisaje que TripAdvisor ha definido como uno de los tramos de costa más hermosos del planeta. Al pié del Pico de la Zarza, se divisa la torre de la casa y la luz cegadora de África que hace brillar el oleaje de la larga media luna amarilla. ¿Para qué se construyó esa alta torre de varios pisos, con ventanas en todas direcciones? ¿Era una privilegiada atalaya para observar el ancho océano o un punto de referencia esencial para orientar a los que pudieran llegar por mar o por aire? ¿Incluso submarinos?

La historia de los U-Boots (“Arma Submarina”) nazis resulta impresionante, casi increíble. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, Alemania tiene 57 submarinos, menos que los Aliados, y la mayor parte de ellos no podían operar en el Atlántico. En los seis años siguientes construyen 1.100 unidades U, cada vez más perfeccionados. Entre los años 1949 y 1942 estuvieron a punto de poner de rodillas a Gran Bretaña estrangulando sus suministros por mar. La marina alemana no podía enfrentarse a la británica, pero su “Manada de Lobos”, la genial táctica del autor de la estrategia submarina, el gran almirante Karl Dönitz, mandó al fondo del mar a nada menos que 2.848 mercantes, con la fantástica suma de 14 millones de toneladas de registro bruto. También hundieron 148 buques de guerra, portaviones, acorazados, cruceros, etc….en el curso de la contienda. Dönitz mantenía que doblegaría a los británicos si lograba tener 300 submarinos operativos al mismo tiempo, lo que afortunadamente no sucedió. De los 1.170 submarinos alemanes que participaron en la contienda, 785 fueron hundidos por los aliados. Solo uno de cada cuatro tripulantes de los U-Boots sobreviviría a la guerra, otros 27.491 marinos alemanes no volvieron a casa. Tal vez alguno está enterrado en el extraño cementerio de la playa de Cofete, bajo las cruces de madera sin nombre. Hitler designó a Dönitz como su sucesor y extrañamente los aliados respetaron tal nombramiento. Tras unos años de cárcel, el almirante vivió tranquilamente hasta su muerte en su Hamburgo natal.

Un episodio importante y poco aireado es el papel jugado por los U-Boots al final de la guerra. En el libro “Ultramar Sur”, los periodistas Juan Salinas y Carlos De Nápoli documentan minuciosamente la huida de unos 50 jerarcas nazis en un convoy de submarinos que parte de Noruega con restos del oro rapiñado y otros bienes. No menos de cuatro alcanzan Argentina. Dos submarinos desembarcan en la Patagonia, cerca de Necochea y dejan un importante cargamento de pesadas cajas y pasajeros. El U-977 se entrega en Mar del Plata. Otros son hundidos y abandonados en la costa argentina. El U-534, rescatado del fondo del mar en la costa argentina en 1993, puede hoy visitarse en Liverpool, en un dique seco de Birkenhead. El misterio rodea su último viaje. Salinas y De Nápoli especulan con que entre los pasajeros estaban nada menos que Martin Bormann, el jefe de la Gestapo Múller y un conjunto de jefes nazis de segunda línea de las SS y Waffen SS. Y, claro está, no descartan que también hicieran ese viaje Hitler y Eva Braun.

La Revista Española de Historia Militar documenta con todo detalle el hundimiento del U-167 en aguas de Canarias, de un total de cuatro hundidos en el archipiélago. Fue a unas tres millas náuticas al nordeste de Punta Maspalomas, bombardeado por una avión inglés Hudson, con evidente desprecio al espacio aéreo y aguas españolas. Su tripulación al completo fue rescatada por pesqueros canarios. Poco después llegarían a Alemania, con las vivas protestas británicas y norteamericanas porque la dotación del U-167 no fue internada. El submarino fue reflotado en 1951. Canarias fue un lugar habitual de provisión de submarinos alemanes.

Volvamos a la misteriosa Casa Winter. “Los servicios secretos ingleses estaban vigilando la villa de Cofete porque sabían que por allí pasaban altos cargos alemanes”, dice el escritor Vazquez-Figueroa, que tiene publicada una novela ambientada en ese paraje. El periodista Cesar Javier Palacios afirma que el nombre de Winter aparece junto con otros 103 alemanes sospechosos de espías en una lista fechada en 1945 y redactada por el espionaje de los aliados. Los hijos y herederos del Winter, ya fallecido, no quieren saber nada de la Casa, el paraje y la leyenda. En la puerta bien trancada de la Casa Winter un cartel en cuatro idiomas avisa de que la casa se puede visitar cuando están allí las dos únicas personas que han vivido muchos años allí. Lo firma Pedro, su sobrino. Cuando están, Rosita sigue aceptando las propinas que le dan los turistas que se acercan a la villa. Pedro trata de mantener la memoria de la casa y al mismo tiempo evitar que sus tías sean desalojadas. Y para dejar constancia de esa presencia ha dejado ondeando al fiero sol y viento de Cofete las banderas.

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Algunos libros:
-“Fuerteventura”. Alberto Vazquez-Figueroa.
-“Cofete”. Ricardo Borges Jurado.
-“Realidad y leyenda de Gustav Winter, señor de Jandía.
-“La guerra secreta de Franco”. Manuel Ros Agudo.
-“Ultramar Sur”. Juan Salinas y Carlos De Nápoli.

MIGUEL ORMAETXEA
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