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Relato de Ciencia Ficción

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NO ABRAS LA CAJA

(Relato de ficción de Miguel Ormaetxea)

Corría el año 2042 y el mundo había vivido tres décadas trepidantes de cambios exponenciales y progresos tecnológicos de todo tipo, hasta el punto de que la famosa SINGULARIDAD que anunciara a comienzos del siglo Ray Kurtzweil y otros científicos era objeto de un apasionado debate. La inteligencia artificial había superado hacía tiempo las capacidades de la inteligencia humana, pero la hibridación de ambas estaba creando una raza superhumana posbiológica amortal. Se estaba desarrollando muy rápidamente una nueva desigualdad radical global, entre los privilegiados por el dinero, el poder y el conocimiento, y el resto del la humanidad, que subsistía plácidamente dedicada a actividades artísticas y recreativas, gracias a la implantación en 2031 de una renta básica universal, que se sufragaba sin problemas por la extensión de la economía robótica, la inteligencia artificial y la economía compartida globalizada. Pero unos decían que estábamos tan inmersos en la Singularidad que habíamos perdido la perspectiva de fondo. Otros, los menos, clamaban que la singularidad verdadera era el siguiente y desconocido paso: un tránsito hacia un oscuro agujero negro de potencial un tanto aterrador.

Se había logrado detener la emisión de gases de efecto invernadero hasta niveles preindustriales. La generalización de la Economía Renovable había sido mucho más rápida y fácil de lo previsto, pero algo pasaba, pues el calentamiento global no daba señales claras de haberse detenido, la inercia del planeta y el papel de los océanos se mostraba muy difícil de invertir. Se estaban dedicando recursos masivos a la investigación del clima y a la ingeniería climática, se había creado un poderoso organismo supranacional, producto de la fusión del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático con otros organismos científicos y energéticos. Cuando no se había llegado todavía al ecuador del siglo XXI, la temperatura media del planeta había aumentado 1,7 grados y los efectos catastróficos se estaban generalizando, con fenómenos meteorológicos extremos, desplazamiento de poblaciones costeras por inundaciones y otras alteraciones planetarias. La humanidad estaba aprendiendo a coexistir con el calentamiento ante su fracaso a revertirlo. Ayudaba el hecho de una disminución salvadora de la población mundial, pues la demografía había aumentado hasta superar los 9.000 millones de personas y luego había empezado a declinar, hasta los 8.600 millones de seres humanos, todos conectados a la Red Global, una especie de mente enjambre de toda la humanidad, mediante chips cuánticos implantados en el interior del cuerpo humano. Pero los superhumanos habían creado en secreto otra Red exclusiva para ellos solos. Y estaban muy preocupados con la deriva de la Inteligencia Artificial Replicante.

Un enjambre de pequeños robots estaba trabajando en una prospección sobre el paleoclima en algún lugar sobre la capa de hielo de Groelandia. La sonda que tomaba muestras del hielo de hace siglos había sobrepasado los 2,5 kilómetros de profundidad, un hielo comprimido que se había formado hacía más de 100.000 años, en el Pleistoceno, cuando sucedió algo totalmente imprevisto: la sonda se rompió al tropezar con un objeto de gran dureza. Bajaron una perforadora de titanio XXL que no logró hacer la más mínima mella en el objeto. Entonces investigaron con un georadar de profundidad y la sorpresa fue mayúscula: habían tropezado con una esfera perfecta de unos cinco metros de diámetro, que evidentemente no habían depositado sobre el hielo los neandentales. Dinamarca activó el protocolo secreto con EEUU de PCE (Posible Contacto Extraterrestre). La Agencia de Seguridad Nacional y el Pentágono se hicieron cargo del inquietante asunto con la discreción más absoluta.

Ya había una evidencia científica de vida extraterrestre inteligente. La aceleración de los diversos programas SETI unido a la ayuda de la computación cuántica había propiciado un enorme progreso en la exploración de señales electromagnéticas, concentrados en la zona de planetas habitables, que los telescopios espaciales habían ido identificando por miles solo en nuestra galaxia. La Vía Láctea tiene 800.000 millones de estrellas y las distintas investigaciones determinaron que en una de cada cinco estrellas al menos podía existir vida extraterrestre.

La primera señal WOW se logró al final de los años 30 del XXI y luego los positivos se multiplicaron casi de golpe, coincidiendo con las primeras expediciones tripuladas a Marte. Se establecieron miles de señales WOW y se trazaron los primeros mapas estelares al respecto. Se intentó conectar con cientos de procedimientos distintos, pero jamás de logró una sola respuesta. Sabíamos con certeza que no estábamos solos y ese hecho había causado una enorme conmoción en el antropocentrismo imperante en la ciencia y la cultura humana. Pero nadie contestaba. Se recordaba la advertencia del profesor Stephen Hawking :“creo que lo más prudente sería evitar el contacto”. Pero la curiosidad humana había sido demasiado fuerte.

Estados Unidos comunicó a China y Rusia que iban a realizar investigaciones en un punto de Groelandia sobre un hipotético PCE (no podían ocultarlo a los satélites espías y otros procedimientos de información sistemáticos). Primero trataron de analizar la esfera sin tocarla, pero resultó ser extraordinariamente opaca a todos los sistemas. No emitía radiación alguna. La más avanzada Espectometría de Absorción Atómica de la superficie evidenció que los materiales de aquella superdensa aleación no provenían de la Tierra. La expectativa se disparó y la presidenta de la EEUU declaró el tema alto secreto. Convocó una discreta conferencia de científicos de diferentes especialidades. Como era de esperar, hubo toda clase de opiniones y ningún consenso. Una parte importante de los reunidos era partidario de dejar la esfera donde estaba sin más, pero las autoridades militares tenían muy claro que era una ocasión que no era posible dejar pasar. Al final de la conferencia todo el mundo se volvió esperando el veredicto de la Comandante en Jefe de los Estados Unidos, que se quedó silenciosa unos breves momentos. Cuando empezó a hablar dijo lo siguiente: “tenemos sin duda ante nosotros el primer material de alta tecnología que solo puede ser extraterrestre, de una dureza extrema. No sabemos el cometido o la finalidad de esta esfera, que fue depositada sobre el hielo cuando los humanos usaban instrumentos de piedra. No sabemos si podemos penetrar la esfera, que se resiste asombrosamente a ser investigada sin forzar su estructura. Seguir adelante y probar con todo tipo de tecnologías disponibles tiene sin duda peligros insondables, impredecibles y tal vez catastróficos. Tal vez nos ponga en contacto con esa civilización que probablemente en 100.000 años ha hecho nuevos progresos hacia metas inimaginables. Lo que tal vez nos podría aportar sería decisivo para la cuestionada y asediada superioridad tecnológica de EEUU. A pesar de los enormes peligros, la humanidad ha progresado desde la infinita curiosidad y el riesgo inherente. Debemos seguir adelante en la investigación, tal vez la más importante de la historia del Homo Sapiens”.

Se formó una comisión formada por los más reputados científicos, la Agencia de Seguridad Nacional y el Pentágono, con instrucciones de proceder con el máximo secreto y cautela. Se aseguró un ancho perímetro en torno a la esfera, sin tocarla. Se decidió investigar la composición del extraño metal superduro con la última tecnología disponible, un laser de cristales de litio. Pero cuando el microscópico rayo tocó la esfera sucedió algo impensable: se abrió de golpe en dos perfectas mitades, mostrando en su interior un cilindro negro de unos dos metros de largo. En la parte superior había lo que parecía ser una inscripción, una especie de relieve y depresiones que recordaban lejanamente al braille.

“Esto es tarea para el Watson IV”, dijo el almirante que encabezaba el Consejo de Seguridad Nacional. Para el portento cognitivo de IBM no hubo dificultad, tardó menos de un segundo en descifrarlo. “Parece como si el cifrado de la inscripción hubiera sido preparado para mentes algo atrasadas, como si hubiesen querido facilitarnos el trabajo”, dijo el técnico jefe del supercomputador. “La inscripción de traduce de manera sencilla y corta”, anunció. Dice NO ABRAS LA CAJA.

El dilema era ciertamente un tanto aterrador. Una inteligencia extraterrestre, presumiblemente mucho más adelantada que la civilización humana, había depositado sobre el hielo de Groelandia una esfera de considerable tamaño hecha de un material al parecer inviolable. Pero hace más o menos 100.000 años, cuando los neandentales, poblaban escasamente la Tierra en plena glaciación, formando pequeñas comunidades de cazadores recolectores con toscos instrumentos de piedra, huesos y maderas. Ahora la humanidad tenía colonias en Marte y la Luna y había localizado algunos miles de planetas similares a la Tierra, con programas avanzados de Inteligencia Artificial que prometían contactar con vida inteligente extraterrestre en muy pocos años. La esfera parecía estar esperándonos desde hacía milenios, tal vez habría evaluado nuestra tecnología en los fallidos intentos de penetrar la esfera y había decidido que era tiempo de facilitarnos el acceso. Se abrió por sí sola en dos perfectas mitades y la gran sorpresa fue encontrar en su interior una caja negra de forma cilíndrica con una misteriosa inscripción propicia a ser descifrada por una civilización Tipo I, la nuestra. NO ABRAS LA CAJA. El aviso era contradictorio con las facilidades que los hipotéticos extraterrestres habían dado hasta ahora a los curiosos terrícolas. Todo parecía una invitación a lo contrario. ¿Qué hacer?

Se reunió el Conseja de Seguridad Nacional asesorado por los mejores científicos y especialistas. La presidenta de las Estados Unidos de América escuchó las evaluaciones de los expertos, que, como la esfera, se dividieron en dos mitades enfrentadas: unos eran partidarios de seguir la orden, tal vez el consejo de la inscripción, al pié de la letra, y todo lo más autorizaban a emplear  la tecnología disponible para averiguar todo los posible de la caja negra sin violarla, su origen y su sentido. Otros argumentaban con pasión que no era posible dejar pasar la ocasión más importante de la historia de la humanidad, establecer contacto con una civilización a todas luces más avanzada que la nuestra. ¿Qué podíamos temer de un cilindro de dos metros? Era evidente para estos que la esfera era un invitación, tal vez el sentido de la inscripción no era admonitorio. Cabían muchas interpretaciones.

La presidente tomó la palabra: “No veo qué peligro pueda contener la caja que no podamos controlar. Tomaremos todas las precauciones, creando un espacio lo más seguro posible alrededor del cilindro, confinándolo incluso en una cámara de vacío que pueda destruirse completamente en caso de percibir cualquier amenaza. Un comité científico, sellado y asesorado militarmente,  tendrá como tarea averiguar todo lo posible sobre la esfera y el cilindro. Primero se intentará de manera no invasiva. Tomen todo el tiempo preciso, no hay prisa. Máximo secreto. Alguien está intentado contactar con nosotros. Vamos a responder”.

Pasaron varios meses. El cilindro había sido trasladado al Laboratorio Nacional Lawrence Livermore de California, con máximos cuidados. Las primeras investigaciones no habían logrado progresos notables. La misteriosa aleación de su superficie no era de origen terrestre, es más, no parecía obedecer a las leyes de la física conocida. Pidieron autorización para usar un laser de fisión. Se trataba solo de penetrar apenas una micra en la coraza, averiguar algo sobre su composición, como quien araña con una uña una mota en el cristal. Se autorizó extremando las medidas de seguridad. El día que daba comienzo la prueba, al principio a mínima potencia, la presidenta quiso estar presente, protegida por todo tipo de blindajes y cortafuegos.

Cuando el rayo tocó la superficie, sucedió como con la esfera: el cilindro se abrió por sí solo y dejó escapar un espeso material muy brillante, denso, que se iba derramando con parsimonia, como un círculo de fuego a cámara lenta. Pero no parecía exactamente fuego. La medición de su calor en superficie dio un resultado asombroso: 5.500 grados Celsius, exactamente la temperatura de la superficie del Sol. Ningún material resistiría.

La masa ígnea avanzaba a una velocidad constante en torno a los cinco kilómetros por hora, en forma de círculo. Y nada la detenía. Cundió el pánico.

El aterrador fenómeno no podía mantenerse oculto, fue detectado por varios satélites. La presidenta de los Estados Unidos hizo pública una declaración solemne: “Anuncio a toda la humanidad que hemos detectado, en un lugar remoto de la Tierra, un objeto que no procede de esta planeta, depositado en nuestra superficie hace miles de años, no sabemos mediante qué procedimiento. Nuestros científicos lo comenzaron a analizar en el más avanzado laboratorio norteamericano y al primer contacto físico desataron sin pretenderlo una asombrosa reacción térmica, con una temperatura próxima a la de la superficie del Sol. Se propaga en todas direcciones como una mancha de aceite, pero a una velocidad muy baja, en torno a cinco kilómetros por hora, más o menos como la marcha humana, lo que esperamos que nos permita desarrollar una fórmula para detenerlo, acotarlo o revertirlo. Estamos poniendo en la tarea a los mejores celebros del mundo y todos los enormes recursos de la ciencia más avanzada. He convocado con urgencia al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, he proporcionado a las principales potencias mundiales de toda nuestra información al respecto y estamos procediendo a formar una Comité Científico Internacional que lidere la lucha contra este inesperado fenómeno. Aprenderemos a controlarlo, sin duda. Pero lamento decir que el primer contacto real con una civilización extraterrestre avanzada, tal vez el acontecimiento más grande de la historia de la humanidad, ha ocasionado un peligro de difícil evaluación. Tal vez los riesgos sean inherentes a la magnitud de lo acontecido.”

A los pocos días, en el corazón industrial y científico de California ardía sin llama un círculo de varios kilómetros de radio que destruía todo, absolutamente todo, a su paso. La lentitud del fenómeno había permitido que milagrosamente no hubiera todavía víctimas mortales, pero la humanidad casi sin excepción estaba presa de un miedo enloquecedor, atávico, que desataba oleadas de pánico irracional cada vez más extendidas y peligrosas. Todo tipo de conjeturas y teorías a cual más inverosímil ardían en los medios de comunicación de todo el mundo. Ante la propagación de rumores, el Comité Científico Internacional para la Evaluación y Control del Fenómeno No Humano, (popularmente conocido como Comité Inhuman), hizo pública su primera evaluación:

-“Hemos llegado a una primera conclusión unánime, el fenómeno no se rige por las leyes de la física y química que conocemos, desafía a las leyes más elementales. Es como si alguien, con una tecnología y un medio ambiente muy diferente al  nuestro, hubiera logrado teletransportar a nuestro planeta un espacio y una sustancia con principios y leyes radicalmente distintos a los nuestros, pero acotando cuidadosamente el espacio sobre el que actúa, que se limita a una franja de exactamente 1,276 metros más allá de la superficie de la sustancia ardiente. Quiere decir que en menos de una micra la temperatura está a un lado a 5.578 grados Celsius y al otro a calor o frío ambiente. El fenómeno es casi idéntico sobre una superficie liquida, el mar, el hielo o los más diversos materiales naturales o sintéticos que hemos ido probando hasta ahora. Asombroso e inexplicable, pero tal vez puede salvarnos, pues parece claro que la intención última de esta máquina no humana no es aniquilar la Tierra o a sus habitantes, sino tal vez una especie de experimento, prueba o advertencia. Ante todo esto, abrigamos la razonable esperanza de poder controlar el fenómeno antes de que la devastación resulte catastrófica a nivel planetario. Exhortamos a  todos sin excepción a no dejar que el pánico se propague, ese sería sin duda nuestro mayor peligro”.

La situación del planeta era bastante compleja en ese año 2042. La globalización había producido un estallido de diversidad militante más allá de cualquier frontera física o política. De hecho, los Estados nación se habían ido desintegrando o perdiendo poder y sentido en grandes partes del globo. Se habían formado potentes organismos supranacionales con diferentes características, pero al mismo tiempo habían proliferado las escisiones, los separatismos de diversa índole, no solo con proyección política, sino también religiosa, cultural y científica. Si alguien había soñado alguna vez con una cierta unificación y coordinación planetaria, más bien se había producido lo contrario, pero con formas muy polivalentes. La civilización humana, con apenas algunos pocos millones de años, estaba estallando como una supernova y había comenzada a expandirse por su propio sistema solar. Había colonias habitadas en la Luna, en Marte, en Titán y en diversas órbitas. Pero se había llegado a la conclusión de que la mejor apuesta por la vida extraterrestre estaba en el sistema solar exterior. No se había logrado conectar con vida extraterrestre inteligente, pero sí con muchas formas de vida complejas, extrañas, evanescentes. Se habían detectado miles de planetas con condiciones muy similares a la Tierra dentro de nuestra galaxia, pero había crecido la evidencia de que buscábamos en formatos muy estrechos, con una mentalidad de tribu planetaria. La conclusión teórica en cálculo matemático avanzado era que había en nuestra galaxia no menos de 10.000 civilizaciones extraterrestres. Y había más de un billón de galaxias. El universo tenía 13.800 millones de años (ESTE universo, precisaban los científicos cuánticos), tiempo de sobra para desarrollar civilizaciones inteligentes de Fase IV, que supone no gastar nada de energía y prácticamente desaparecer a toda observación. El tema dio un giro cuando se descubrió una pequeña parte de la “biosfera oculta” que se encontraba en nuestro mismo planeta, pero con otra bioquímica, con genes que no procedían de ácidos nucleicos y proteínas a partir de aminoácidos, sino de una primera génesis de la vida en la tierra, anterior a la que había dado origen a los humanos. Se abandonaron los programas para hipotéticas conexiones vía señales de radio, pues se llegó a la conclusión de que el método era ingenuamente rudimentario. Toda la perspectiva  científica de la vida extraterrestre se había demostrado que adolecía de una antropocentrismo ingenuo, primitivo, casi obsceno. Lo más cerca que se había llegado en contacto exterior presumiblemente inteligente había sucedido casi por casualidad en un misterioso fenómeno emanado de la estrella KIC 8462852.En eso trabajaban los Amortales.

Amortales y Naturales

El surgimiento de la Comunidad de los Amortales había sido un acontecimiento sorprendente, casi fantástico, pero muchos lo veían como lógico e inevitable. Como también se veía natural la aparición y rápida extensión de otra comunidad bastante cerrada sobre sí misma: Los Naturales. Estos se habían autoexcluido de la tecnología avanzada, del debate político o técnico, se habían establecido en plena naturaleza con formas de organización sencillas, sostenibles, pacíficas y muy creativas, entregados al arte y la meditación. La implantación de la Renta Básica Universal les había permitido echar a volar la imaginación y desarrollar su comunidad hasta límites que nadie había imaginado. Tener el sustento básico asegurado había producido el efecto contrario que muchos auguraron. En vez de entregarse a la molicie y al “dolce fare niente”, se había producido una explosión de productividad, porque la gente ahora dedicaba su tiempo exclusivamente a aquello que le apasionaba. Trabajaban casi sin descanso, obsesivamente.  Cuando supieron la catástrofe que se avecinaba, no cundió el pánico: ellos ya venían advirtiendo que sucedería antes o después algo parecido. Con parsimonia, se dedicaron a diseñar y construir gigantescas “Arcas de Noé”, espacios subterráneos, submarinos o aéreos, para “puentear” el fuego alienígena, preservando no solo las vidas humanas sino también en lo posible a una gran parte de la biodiversidad planetaria. Lo llamaron las “Séptima Extinción”.

Por sorpresa, el fuego extraterreste se extinguió exactamente cuando había abarcado la mitad de la superficie del planeta, unos meses después de su ignición en California. Nada inventado por el Home Sapies había sido capaz de contenerlo, controlarlo o desactivarlo. Todo el mundo daba ya por perdida la superficie total de la Tierra en la franja determinada, cuando simplemente y de golpe, cesó. Pero la devastación acontecida en la mitad del globo quemado era indescriptible: la tierra abrasada era ahora una amalgama semimetálica gris brillante, en la que nada sobresalía unos pocos palmos del suelo. Y estaba fría.

Ante esta nueva situación, el llamado “Comité Inhuman” hizo una reconocimiento público de su fracaso y recurrió al más prestigioso experto de exobiología y física avanzada, el casi centenario científico japonés Michio Kaku. Tenía a la sazón 95 años, pero parecía un saludable senior bien cuidado, muy delgado, con su abundante cabellera blanca. Bien es verdad que tenía varios órganos repuestos, tras ser cultivados en laboratorios, amén de diversos implantes de Conectividad Total e Inteligencia Artificial. Era uno de los líderes de los Amortales, una poderosa  comunidad constituida cada vez más al margen del resto de la humanidad, frecuentemente acusada de secretismo sectario, que había desarrollado una especia de mente colectiva privada en enjambre mediante chips implantados en todos sus miembros. Habían desarrollado paulatinamente sus propias tecnologías, sus laboratorios y sus espacios acotados sustraídos a todo control estatal o supraestatal. Nada parecía detenerlos, pero es verdad que también ejercían una especie de tutela bienintencionada sobre el resto de la raza humana, guiando algunas líneas básicas de actuación planetaria. Se habían mantenido hasta el momento bastante al margen del pavoroso fenómeno de origen extraterrestre, casi como si no les afectase. En realidad, les afectaba. Y mucho.

Michio Kaku se tomó su tiempo para hacer un diagnóstico, consultó con la elite de los Amortales y con los líderes de otras comunidades. Luego emitió un largo informe plagado de ininteligibles tecnicismos y algoritmos intrincados. Pero la versión para los medios de comunicación decía, más o menos, lo siguiente:

“Es evidente que una inteligencia avanzada de origen desconocido nos ha propuesto una  prueba. Y hemos pulsado la tecla incorrecta. No teníamos que abrir la caja y nada habría sucedido. La raza humana adolece de una pulsión exploratoria muy peligrosa. Y ya sabemos que la curiosidad mató al gato. A nivel cósmico, la exploración indiscriminada es de una agresividad intolerable. Posiblemente, el simple contacto nuestro con esa entidad o raza contiene amenazas letales. No desean ser contactados, con ningún procedimiento, bajo ningún pretexto, por muy pacífico que intente ser. Aún no podemos comprenderlo bien. Es posible incluso que esa inteligencia avanzada no radique en ningún lugar del espacio exterior, puede estar dentro de nosotros mismos. No desean destruirnos, podrían  haberlo hecho fácilmente. Pero la advertencia debía ir acompañada de suficiente demostración de fuerza. Solo de nosotros depende sacar las conclusiones adecuadas y obrar en consecuencia. Como raza cósmica, acabamos de entrar en la adolescencia.”

Poco meses después de este comunicado, las primeras naves de Amortales partieron hacia el espacio exterior sin dejar determinado su rumbo.

Madrid, diciembre de 2016.

MIGUEL ORMAETXEA
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