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Dublín, la capital del norte que tiene al alma más al sur

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(2 a 5 de diciembre de 2016)

Miguel Ormaetxea y Lorena Martínez

No vimos el sol aquellos días de diciembre, apenas ramalazos y IMG_20161203_141609oblicuos brochazos de luz amarillenta entre tupidas nubes, viento helado en los Cliffs de Moher. Humedad que se metía en los huesos al cruzar los puentes del rio Liffey, pero que en absoluto acobardaban a las chicas sin medias, con leves vestiditos de fiesta y tacones de aguja, minifaldas incluso, que se hacían selfis bajo el campanario de Trinity College tras una ceremonia de graduación. Lorena, embutida en cuatro capas de felpa, se estremecía al verlas.

Una isla es siempre una isla, una cultura, un paisaje predominante. Y una isla pequeña es con frecuencia varios mundos pugnando entre sí. La isla tiene solo 84.000 kilómetros cuadrados, pero alberga dos naciones y su agitada confrontación ha marcado la historia contemporánea. Es fácil que en los cinco continentes sus habitantes hayan oído hablar de la pequeña Irlanda. Es el único país de Europa Occidental que tiene menos población que hace siglo y medio. El último censo da 4,6 millones a la República de Irlanda y 1,8 millones a Irlanda del Norte, muy lejos de los más de ocho millones de habitantes que tenía antes de la gran hambruna de 1845-51. Hay más de dos millones de irlandeses o descendientes directos de irlandeses dispersos por el mundo.

La historia de Irlanda es el perfecto ejemplo de cómo la ciega represión de un pueblo, su religión, su lengua, la expropiación de su territorio y sus riquezas, etc., durante nada menos que ocho siglos, lograron el efecto contrario al esperado, sentaron las bases del nacionalismo irlandés, le dotaron de rasgos propios dominantes, afirmaron su catolicismo y lograron que, a la postre, uno de los territorios más pobres de Europa se convirtiera en el Tigre Celta, para admiración del mundo. ¡Fascinante!

El Acuerdo de Viernes Santo de 1998, que sentó las bases para la pacificación entre unionistas protestantes y católicos, está aún a la vuelta de la esquina, y el IRA renunció a la lucha armada apenas hace once años, pero la República de Irlanda, la parte del territorio menos industrializado, ha corrido asombrosamente sobre el tapiz del desarrollismo con empuje y trucos propios. Los griegos engañaron a Bruselas con ayuda de la misma consultora y auditora que debía certificar sus cuentas y lo están pagando muy caro. Los irlandeses han sido más listos y han sabido hacer malabares con la bolita de la fiscalidad multinacional. Tuvieron que ser rescatados con 85.000 millones de euros comunitarios, pero han hecho los deberes con prontitud y sin estridencias. El último dato de julio pasado de la oficina irlandesa de estadística sorprendió al globo: la economía se había expandido el 26,3% el año pasado, lo que la colocaría como la economía más dinámica del mundo. Pero el dato tiene truco, ya que incluía por primera vez las transferencias de activos de las multinacionales, especialmente de EEUU, la gallina de los huevos de oro de Irlanda, la “economía de los duendes” que dijo Paul Krugman. O sea, dumping fiscal tolerado, una tasa sobre beneficios corporativos del 12,5%, la más baja de un país desarrollado. La cifra real estaría en torno al 7,8%, que ¡Vive Dios! no está nada mal. Ahora con Irlanda del Norte atrapada en el Brexit y las crecientes presiones de la OCDE y Bruselas para acabar con camuflados paraísos y la ingeniería fiscal, veremos si el Tigre Celta es de papel o no.

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Los héroes de Pascua

En Dublín vimos un camión de apariencia militar de época que te conducía por los lugares del célebre Levantamiento del Lunes de Pascua, con toda clase explicaciones sobre los trágicos acontecimientos. Aquel día de 1916, en plena Primera Guerra Mundial, fue gris y lluvioso, con mucho viento. Dublín era entonces la segunda ciudad del Imperio Británico y los dublineses solo reivindicaban sin demasiado celo una mayor autonomía. Un puñado de poetas, escritores y maestros socialistas, con el apoyo de tan solo 1.600 rebeldes desperdigados por todo el país, tomaron por sorpresa la oficina central de Correos de Dublín, arriaron la Unión Jack y izaron una tricolor (verde nacionalista, naranja unionista y blanco de paz y reconciliación). Patrick Pearse leyó la solemne Declaración de Independencia: “Irlanda, a través de nosotros, convoca a sus hijos bajo su bandera y se rebela por su libertad”. Los irlandeses presentes oyeron la proclama con escepticismo y sorna, parecía un sainete pero sabían lo que se les venía encima. También los sabían los cabecillas del alzamiento, idealistas revolucionarios lúcidos que se inmolaban por un “hecho de sangre”, sangre propia que debería despertar las conciencias. Al día siguiente el “Times” de Londres abría a toda página con la asonada y seguiría haciéndolo durante los ocho días sucesivos. En una semana les echaron encima 20.000 soldados británicos, más la policía y cuerpos irlandeses regulares. Cañonearon sin miramientos a los rebeldes y destruyeron dos centenares de edificios, produciendo cerca de 300 muertos civiles.

Todos los cabecillas, excepto De Valera, que tenía nacionalidad norteamericana, fueron fusilados sumariamente. El jefe miliar, Connelly, fue atado a una silla, pues no se tenía de pié, gravemente herido. Pearse caminó al paredón silbando. Londres desató de nuevo una feroz represión y De Valera sería en poco tiempo presidente de la República de Irlanda.

¿Por qué los británicos, que supieron ser mucho más listos y flexibles en otros avatares de su imperio (Por ejemplo, en Sudáfrica y La India), actuaron con ciega obcecación con los irlandeses? ¿Demasiado cercanos?

Mil Pubs o tal vez Pobs

Dicen que puede haber cerca de mil pubs (los irlandeses prefieren llamarlos pobs) en ambos lados del río Liffey. Leopold Bloom, el protagonista de “Ulises” de Joyce, decía que era imposible cruzar Dublín sin pasar frente a un bar con su oferta generosa de distintas cervezas. Nosotros fuimos en una de las últimas noches, exhaustos tras más de 700 kilómetros por verdes colinas, pedregosos campos y acantilados asombrosos, a uno que nos habían recomendado, “The Lotts”, cerca del río. Esperamos más de una hora para que nos dieran mesa, pero no nos importó, pues estuvimos muy entretenidos viendo charlar, cantar, en bulliciosa algarabía, a los parroquianos del lugar. Nada de flema británica, sociables como solo se produce en el Sur de Europa, locuaces, socarrones incluso, compartiendo mesas y charanga. “Alive, alive, oh Molly Molone!”

No fue pescado sino un generoso filete a la piedra, con verduras y patatas, para cada uno y una botella de vino blanco chileno, frente a la chimenea. Total: 36 euros. Sláinte!!

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MIGUEL ORMAETXEA
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