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RUMANÍA, un joven país en una encrucijada de imperios

Drácula nunca estuvo aquí

Miguel Ormaetxea

Nicolae Ceaucescu lleva ya más de 15 años en el poder, secundado por su esposa, la autoritaria Elena. Los últimos años de su mandato se habían caracterizado por una deriva cada día más dictatorial, con un nacionalismo exacerbado de tipo estalinista, cada vez más aislado de Occidente, con una penuria económica autoimpuesta por su obsesión de pagar la deuda pública. En la mañana del 21 de diciembre de 1989, ante los sucesos de la revuelta de Timisoara, el dictador había dispuesto que se reuniesen unas 100.000 personas en la Plaza de la Revolución de Bucarest para escuchar su discurso de condena a los disturbios. Estaba alabando los beneficios de la revolución socialista cuando hizo una breve pausa, aprovechada por una voz alta y fuerte que gritó: “Jos dictaturul !” (¡Abajo el dictador!). Inmediatamente se alzaron otras voces entre la multitud lanzando vivas a los disidentes de Timisoara. Anonadado por esta reacción desacostumbrada, Ceaucescu se quedó mudo, hizo gestos con las manos pidiendo calma, mientras su mujer le conminaba a contener la situación. A trancas y barrancas terminó su discurso y se ausentaron del balcón. La multitud fue abandonando la plaza poco a poco, pero se fueron extendiendo en crecientes protestas por la Plaza de la Universidad y el centro histórico. Francotiradores apostados en varios edificios de la ciudad hicieron fuego contra los manifestantes. Hubo una gran cantidad de muertos entre los civiles, incluidos periodistas que cubrían los sucesos de Bucarest. “Matarlos y echarlos a fosas comunes. Que no quede vivo ni uno, ¡ni siquiera uno!” clamaba Elena. Pocos días más tarde, el matrimonio Ceaucescu huyó de Bucarest en helicóptero, pero no fueron muy lejos, capturados y presos, los condujeron a un cuartel cercano. El día de Navidad fueron juzgados (el juicio duró una hora) con las airadas protestas de la pareja que no podía creerse lo que estaba pasando. Ese mismo día fueron fusilados.

El autor del reportaje frente al Palacio del Parlamento de Bucarest

Todo esto nos lo explicaba con detallada pasión nuestra guía rumana en la Plaza de la Universidad, de pié en un banco, ante un nutrido grupo de españoles y latinoamericanos. Habíamos reservado en Freetour.com, que trabajan por la propina, modelo que se ha ido extendiendo por muchas ciudades turísticas europeas y nos ha dado muy bueno resultados en otros destinos.

Castillo de Drácula

Rumanía es un país muy joven (la Gran Rumanía toma carta de naturaleza en la Conferencia de Paz de París de 1919-1920), pero con una historia antigua de enfrentamientos y pugnas entre poderosos imperios. El imperio romano sometió al rey dacio Decébalo y se quedó en la región siglo y medio, dejando su impronta en el idioma, que tiene similitudes con el español (por la herencia común) y el italiano, si bien con influencias eslavas. El imperio otomano, el imperio ruso, el imperio austrohúngaro, entre otros, sometieron estas belicosas regiones, ricas en minerales y agricultura. Todo el centro de Europa es una continua pugna de hegemonías entrecruzadas y el destino de todo el continente se ha amoldado con frecuencia a las tensiones entre el centro y la periferia, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, muy dura para los rumanos, que fueron aliados de los nazis casi hasta el final.

Bucarest ha tenido una historia bastante trágica. Los turcos quemaron la ciudad en 1595, los serbios la volvieron a destruir en 1716. En 1828 fue tomada por los rusos y en la Primera Guerra Mundial fue ocupada por los alemanes. La Segunda Guerra Mundial dejó una amarga huella de destrucción, y la ciudad fue ocupada de nuevo por los alemanes hasta que las tropas soviéticas los expulsaron en agosto de 1944. Pero su momento de esplendor, en el siglo XIX y comienzos del XX, dejó amplios bulevares, avenidas y edificios neoclásicos, que le valió a la ciudad el apelativo de “Pequeño París”. La dictadura de Ceaucescu ha dejado una impronta notable aunque discutible: casi terminó una obra faraónica y brutal, el Palacio del Pueblo, ahora Palacio del Parlamento. Se trata del mayor edificio civil del mundo, un monstruo de 270 metros por 240, con 86 metros de alto, más de mil habitaciones, alguna tan grande como para albergar un campo de fútbol. Cuentan que Elena mandó rectificar tres veces la escalera principal para que se adecuara a su paso. Visita imprescindible para comprobar el delirio de un dictador.

Bucarest tiene numerosos museos, alguno de muy agradable paseo por un parque es el Museo de la Aldea o del Campesino Rumano. E iglesias ortodoxas notables, como Curtea Veche, la más antigua de la ciudad.

 

Un monumento para Stoker

Castillo de Bran, conocido como Castillo de Drácula

El monumento posiblemente más visitado de Rumanía es el Castillo de Drácula, una doble falsificación, porque Drácula nunca estuvo allí y menos el personaje inmortal creado por Bram Stoker, el vampiro que duerme eternamente en la cripta del viejo e inaccesible castillo. Parece ser que Stoker se inspiró en una figura histórica, Vlad III El Empalador, un príncipe del siglo XV al que ciertamente le gustaba la sangre, pero más bien como una deriva natural de la crueldad de la época, dominada por las constantes incursiones turcas. A Vlad, conocido como Dracul, “dragón”, por pertenecer a la orden de los dragones, se le atribuyen 100.000 muertos solo entre los turcos, normalmente empalados, procedimiento bastante molesto para el sujeto paciente, al que se ensartaba en un poste que le salía por la boca, convenientemente engrasado y cuidadosamente introducido para no tocar ningún órgano vital, de manera que tardase varios días en morir. A los soldados que avanzaban para tomar el castillo la vista de sus compañeros ensartados a ambos lados del camino no debía resultar de gran aliciente. El castillo de Bran, impresionante en lo alto de un promontorio rocoso de 60 metros de altura, es conocido como el castillo de Drácula, pero no consta que Vlad El Empalador pernoctara por allí. Numerosos visitantes ascienden por las empinadas escalinatas en toda época, aunque el interior del castillo ofrece pocos alicientes. Rumanía debería emplazar allí un monumento a Bram Stoker.

Castillo de Peles

Mucho más interesante resulta el castillo de Peles, no muy lejos, en plenos Cárpatos, en un entorno natural de gran belleza. El monumento es un magnífico ejemplo de la arquitectura renacentista bávara y su interior muestra un abigarrado exponente de las más ricas labores de la artesanía centroeuropea.

Al lado está el pequeño castillo de Pelisor, otro conjunto palaciego construido por Ferndinad I y hoy museo, junto a un elegante balneario y hoteles de la época.

 

Una economía que despega…entre brumas

Rumanía lleva dos años con crecimientos superiores al 4% interanual, ahora es pues la economía que más crece de la Unión Europea. La tasa de paro ha caído hasta el 5,5%, pero el salario medio es el más bajo de Europa. Por volumen del PIB es la economía 51 del mundo, con una población cercana a los 20 millones de habitantes. Su PIB per cápita es aún muy bajo, de 8.600 euros (más de 24.000 en el caso de España). Bajo también es el gasto público per cápita. La corrupción sigue siendo un problema, el Índice de Percepción de la Corrupción se encuentra en el puesto 57 del ranking mundial. Sorin Grindenau, primer ministro socialista que ganó las elecciones no hace mucho, ha prometido recortes de impuestos difíciles de cumplir. Algunas empresas públicas tendrán que dedicar el 90% de sus beneficios al pago de dividendos y las inversiones comienzan a resentirse. El turismo está ayudando a la recuperación y el conflicto en la vecina Ucrania es fuente de preocupación, con Rusia demasiado cerca.

MIGUEL ORMAETXEA
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