El cuchillo en la cama

La conocí por un libro. Pero no era mi libro, sino uno de ella. “Si subes a mi casa te regalo un ejemplar y te lo dedico”, me dijo. Y subí.

Once meses después me invitó a cenar. Apenas empezamos, se echó a llorar y me dijo sin que le temblase la voz: “Te dejo como pareja, pero continuamos siendo amigos, si tú quieres”. Luego me dijo: “todas tus cosas están en el maletero de mi coche, aquí al lado”.

Yo sabía desde el principio que ella tenía el cuchillo guardado. Cuando el tajo rasgó mi carne, sangré.

La historia de esos once meses no voy a contarla aquí, no interesa a nadie.

Pero el cuchillo me interesa a mí y tal vez a alguna gente, pues ese puñal está siempre presente, de una forma o de otra, en toda relación de pareja. Pero en la mayor parte de los casos ninguno de los dos lo sabe. A veces, quien no lo tiene guardado tan solo percibe una sombra, una niebla en la aurora cuando se despiertan en la misma cama. Casi nunca hay dos cuchillos, es una rareza. El que va desarmado nota en la cama, cuando se duermen con las manos entrelazadas, el zumo punzante y rudo en la boca como el de un limón.

Le gusta el limón, le refresca la vida.

Pero no tiembla ni duda del tajo certero, solo que no sabe el tiempo. Este intento de relato corto es para, tal vez, ayudar a otros a descubrir la sombra del puñal. Y amarlo.

Amarlo sí, porque todo lo efímero tiene un extraño encanto, como nuestra existencia, emparedados entre pañales y sudarios.

Solo podemos captar en todo su efímera belleza un atardecer si percibimos el esplendor de sus luces evanescentes. También en los romances. Detente un momento en ese beso, en esa mano en la tuya, en el despertar junto a un cálido cuerpo.

Es el atardecer y tal vez pronto se hará de noche.

Lo primero que debo decir es que yo he empleado varias veces el cuchillo. He derramado etérea sangre de alma de mujer. Y por las leyes del karma he recibido su amarga herida varias veces.

Nada que objetar.

Pero debo añadir una cosa más: he tirado mi cuchillo al Pozo de Los Tres Deseos.

Otro día contaré cuales son. Pero ya no tengo cuchillo y me siento mejor así.

Este hombre sin cuchillo sabe que no le salvará ningún chaleco anticuchillos. Y está viendo cómo refulgen, como se ocultan en los pliegues de la caliente cama. Es el impagado precio.

Hay parejas que ninguno de los dos tiene cuchillo. Afortunados ellos! Pero también hay muchas parejas que han declarado una tregua de puñales y el armisticio es una secarral de silencios y miradas yertas.

Muchas hay, siempre demasiadas.

Solo diré para terminar este cuento sin cuento que caben otras alternativas. Tenemos a los amortales a la vuelta de la esquina.

Sin duda el Homo Sapiens escapará a la condena de ese lento naufragio que es la vejez. Y la muerte será solo un accidente. Pero será solo para un muy escaso número de privilegiados por el dinero y la tecnología, lo que desencadenará sin duda conflictos inimaginables.

Que le pregunten a Ray Kurzweil. Tal vez atisbaré ese horizonte antes de cumplir cien años. Pero podemos jugar a adelantarnos un poco y, si ustedes quieren, escribiré una historia de amor entre un amortal y una mujer mortal. Les adelanto el asombro.

¿Jugamos?

(Relato corto de Miguel Ormaetxea Arroyo)

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