Ella y los monstruos

Cuando dormíamos juntos me decía: “abrázame fuerte con tus brazos hasta que me duerma, para que los monstruos no me alcancen”.

Fue hace muchos años. Yo no entendía bien. Sabía que tenía historias terribles en su vida, tantas y tan duras que al principio pensé que no podían ser verdad.

Con el tiempo supe que en realidad eran mucho más, que solo me dejaba entrever la punta de un témpano abismal. Fui rastreando sus vampiros y depredadores, estreche sus manos, me tomé copas con ellos, fui entreverando las orillas de aquel río sin retorno.

Pero nunca llegué a calibrar la hondura de sus heridas.

Ni su devastadora inocencia.

En Bocas del Toro se me escapaba y sabía dónde encontrarla: en el puestecito de Don Chicho, tomando pastel de yuca.

Se avergonzaba como si la hubiera sorprendido con otro hombre.

La perdí varias veces, siempre por mis pecados. Cuando de nuevo la llamaba, dejaba todo y acudía, siempre con algún regalito para mí, siempre de colores vivos, como su alma. Sin la sombra de un rencor, ni un reproche.

Una y otra vez.

Una pareja tóxica me alejó para siempre de ella. Cuando intenté rastrearla encontré como huellas en la arena, leves, paulatinamente desalentadas, pero no vencidas.

Hasta la última vez, hace ya un tiempo.

Cuando todos mis esfuerzos fueren vanos, una noche solitaria lloré por ella, como hojas que se derraman piadosas sobre una tumba.

Perdóname, allá en tu paz reencontrada, donde ya no pueden definitivamente alcanzarte los monstruos.

Buenas noches, melancolía.

Para encontrar los monstruos, para sentir cerca su escamosa piel de reptiles, no tengo que ir muy lejos, vienen rebotando de generación en generación como un rosario sin plegarias.

Está en el anciano tembloroso que me cruzo en la calle, incluso en el adolescente enfrascado en su móvil.

Y escucho un clamor de voces que me suplican cuando caen las sombras: “abrázame fuerte hasta que me duerma”. Y una y otra vez ella se me resbala en el sueño.

A veces los monstruos están muy cerca, escondidos en los pliegues del espejo. Te asaltan y abusan con una artera fatalidad, demasiado cerca para que ella se defienda.

Para intentar cerrar el ciclo fatal, algunas mujeres se vuelven hacia la pared para no ver los ojos de sus asesinos.

Intentaré sujetarla bien en el sueño, para que ella pueda anclarse en mi corazón dolorido, repetidamente fracasado.

La próxima vez intentaré que el sueño engañador del laberinto no afloje mis cansados brazos.

Que su inocencia de alma blanca no me desoriente.

Que, al menos, no se agrande mi solitaria melancolía.

Tal vez.

 

(Relato corto de Miguel Ormaetxea Arroyo)

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