Un silencio espectral (Polonia, Auschwitz, Birkenau)

 

Llegamos a Auschwitz el 30 de diciembre de 2013, en una mañana que era inusualmente templada para la época. Fue la mayor fábrica de muerte de la historia, pero lo que queda y el pequeño museo con pelo humano, maletas, utensilios y las latas de Ciklon B, aunque estremecedor, es una muestra muy alejada del horror que hizo decir a Theodor Adorno: «no cabe escribir poesía después de Auschwitz».

Lo primero que hice fue anotar la estadística revisada por los historiadores: por aquí pasaron 1.100.000 judíos, 150.000 polacos, 23.000 gitanos, 15.000 rusos, 25.000 de otras nacionalidades. Un cálculo aproximado establece no menos de 1.100.000 asesinatos. Luego, nada más regresar al hotel, anoté en mi diario:

«Me impresionó sobre todo Birkenau, donde no hay un museo, apenas los barracones perfectamente ordenados, los rieles del tren, las cámaras de gas destruidas (Unas ruinas irreconocibles disimuladas en el bosque). Y la explanada donde se hacía la selección, la vida espantosa a un lado, la muerte inmediata, disfrazada de ducha, al otro.

A pesar de que este orden, desprovisto de horror humano, tiene poco que ver con lo que fue, hay algo muy auténtico en el vasto campo y los alineados barracones, con sus interiores desvencijados. Es algo parecido a un silencio.

En el orden y las bien conservadas alambradas electrificadas hay como el espíritu de el sistema perfectamente burocrático. Me impactó hondamente los rostros de las fotos oficiales de los reclusos, muy bien hechas (seguramente con una magnífica Linhof), con expresiones indescriptibles, imborrables, odio, miedo, angustia, resignada desesperación… Y las listas, las fichas, los formularios. Los vestidos de los niños gaseados, con sus puntillitas y sus primorosos bordados de la época. Murieron 200.000 niños en Auschwitz. Y el comandante del campo, Rodolf Höss, vuelve a su bonita casa y acaricia a sus cuatro hijos, tal vez les cuenta un cuento para dormirles: «Había una vez, en un lugar remoto, una princesita…» Luego pone música de Bach y se sirve una copa. El viento tiene que llevar hasta su jardín el polvo, las cenizas de los cadáveres cremados, que expulsan las altas y ardientes chimeneas. (Su jardín era contiguo a las primeras cámaras de gas). Esa ceniza se esparce sobre los vivos y sobre los muertos, sobre todos nosotros. Nos zarandea, nos exige: «nos debéis algo, todos».

Höss escribió en prisión sus memorias («Kommandantur in Auschwitz»): «no me correspondía a mi juzgar la pertinencia o no de las ejecuciones en masa». Era un hombre culto, no parece que fuera posible que se tragase la basura intelectual de que los judíos no eran humanos. Logró una posición de privilegio en medio del caos de la guerra y se valió de ella. Por eso me inclino a pensar que tienen al menos parte de razón los economistas-historiadores que afirman que los alemanes se dejaron sobornar por los nazis. El saqueo de Europa en una época muy difícil y convulsa tenía muchas ventajas materiales y de poder.

miguel1 2Primo Levi, tal vez el más lúcido de los que contaron en primera persona su larga estancia en un campo de exterminio, escribió: » a decir verdad, monstruos yo no encontré, simples funcionarios sí. Se comportaban como monstruos». Anna Arent y su discutida «banalidad del mal». Eso significa, entonces, que todos nosotros tenemos un potencial monstruoso. Hay que estar muy vigilantes.